La mujer de Juan.

Casas abandonadas XIII.

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Empujó barriendo hojas, el pequeño portón con cadena y sin cerrojo, y la acogieron una gran tuna vieja y pinchuda, y todos los yuyos para hacer magia.

La casa como decía el aviso, estaba a la venta, para refaccionar.

Tal vez, para hacerla nuevamente…Buscó un timbre inexistente, y al final tocó con asco, una masa de madera, que hacía las veces de aldaba.

Resonaron, los golpes, salieron presurosas las palomas,  pero nadie respondió.

Podía dar la vuelta a la casa, pasaba ese montón de escombros, y así poder ver el lado que daba al sol..Y si había un perro?

Dió unos pasos, mirando unas lajas, que en un tiempo llevaron casi con seguridad a la puerta de atrás.

Ya llegaba, cuando la vió.

Alta, delgada, con el pelo rubio, suelto, de prestado tinte. Una pásula, de un gris indefnido. En su tiempo ella, la admiró por su audacia y la odió por su belleza.

Las dos entrecerraron los ojos para ubicar la imágen, y las finas líneas hicieron los ojos casi imperceptibles.

Ya no importaba el celeste como esponsor, ni el talle fino, ni el escote amplio.

Cuando se ha dejado todo simultáneamente, o de a poco, goteando lágrimas, y sólo queda “el seguir tirando “, se acallaron los conocidos.

– Buenos días. Perdone que entré, como nadie me atendía…Creí que la casa estaba en mejores condiciones.. no me interesa, ya me marcho..

– No quiere verla, está mejor por dentro. Tiene una hermosa estufa a leña, es todo un hogar, el jardín es el que está mal, porque hace como cuatro años que no se arregla. Y esos escombros son los que indican, donde dejé descansar a las mascotas.

Institivamente la interesada, dió dos o tres pasos, hacia atrás. No quería pisar nada indebido..

Se iba a marchar antes de que la reconociera, o convidara con algún té, o le diera una poción, antes de que, la maldita, se diera cuenta, que en la juventud la despojó de su amor, a conciencia.

Ya llegaba al portón, las finas agujas de las tunas brillaban al sol; cuando sintió la voz que le acarició la nuca diciéndole.

-Soy la mujer de Juan.

Giró el cuerpo tan rápido que quedaron los rostros casi juntos. Cuando la misma voz y con igual alevosía le dijo.

Ésta era su casa.

 

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Fotos de Stella.