El plumetí.

Usos y costumbres.

Barrio, con núcleos de apartamentos, que tenían poco más de dos pisos, la mayoría por escalera, y muchos interiores, construídos en la misma época para la renta.

Lugar céntrico, arbolado, que logró la sociabilización de sus habitantes, saliendo la mayoría en las noches cálidas, a las veredas, con sillas de cardo o lona, o modestos bancos de madera, a tomar el fresco, que las pequeñas ventanas, daban por misericordia.

Fin de año, comienzo de bombas brasileras, colocadas bajo latas de aceite, estruendo favorito de todos aquellos que gustan del susto de los otros, y el pavoroso miedo de los niños, y los perros.

Fuegos artificiales, inundan el cielo.

Se brinda, se comparte la sidra helada, o la moscatina, en vasos encerados.

A la niña la han vestido con su mejor traje de plumetí celeste, larga falda,  cinto ancho de seda, y mangas cortas y abuchonadas.

Vestida de princesita, le dieron como varita mágica, una magra cajita de seis luces de bengala.

Agustín, el más rico de la cuadra, porque come nueces y avellanas; tiene  una rueda de colores, un triángulo, y un tubo grueso que emite una fuente que cambia de color, con el solo movimiento de la mano.

Dan las doce, toca la iglesia del barrio las campanas grabadas, comienzan las luces, los cohetes, los besos, los abrazos, los augurios, entre vecinos de  la cuadra;  en la calle que es de ellos, porque la felicidad no tiene paredes, ni escaleras, sólo puerta de entrada.

Felíz año nuevo!

Un fósforo largo de madera, de gruesa cabeza roja enciende la magia, que comienza, con un chisporroteo de pequeñas estrellitas plateadas, que agonizan y se extinguen a la tercera vuelta.

Agustín, quiere que la niña le regale una de esas pequeñas varitas grises, la niña se niega, le quedan solamente dos, y en ese sacudón, se quema la manga de plumetí, se apaga al instante y deja como saldo, un pequeño e  infame agujero chamuscado.

No pasó nada, nadie se quemó, solo es tul bordado con diminutos topos.

La niña llora, Agustín dice. – Yo no hice nada, fué ella que quemó la manga! Es una egoista, no me quiso prestar una vara.

Por ese agujero gris del plumetí, han pasado muchos augurios, y brindis de fin de año, por ahí huyeron las motas blancas de la esperanza.

Pregunta como hablando sola, y mirando por arriba de las cabezas, el cielo estrellado.

– Qué saben del plumetí?

La casi adolescente la mira extrañada, y como sacándose una inexistente culpa responde.  – Yo de éso no se nada.

Otro de los jóvenes dice.

– Si quieres lo busco en la tablet, y te digo.

– Olvídalo …Ya no existe, es sólo una chanza!

Foto de Stella.

Foto de Stella.