De donde ?

 

Foto de Stella.

Foto de Stella.

 

 

 

Cuando compraron la antigua y agonizante confitería ya tenían una idea los adquirientes; querían anexarle una librería. De ahí surgió un lugar privilegiado.

Un local esquina frente a la rambla, al mar, a la playa, y a la vegetación.

Unos pequeños escalones te separan de esos grandes ventanales, de ese mirador, y dentro de él, el color y brillo de las carátulas de los libros te reciben, te esperan, te incitan, te chistan desde los anaqueles.

A un costado recostadas sobre la vidrieras las mesas y sus sillas de viena. Se puede retirar el libro que desees y lo leees o lo hojeas, mientras saboreas, las delicias que incitan las papilas.

Busqué un lugar en la tarde, era como lograr un número ganador, pero dió la casualidad que mientras miraba como julio, traía un capote gris puesto, y se apagaba la luz, una pareja mayor, se levantó apurada diciendo  – Vámonos antes que llueva.

Fué mía la mesa, la ventana, el invierno y la lluvia.

Al rato una jovencita, con gran delantal negro con vivos rojos y peto, retiró el servicio de la mesa, anunciándome, que dentro de un rato me iban a servir.

Ya no importaba la espera, el apuro podía ser ajeno, mientras veía como lloraba el cielo, sobre la amarronada agua, como le hacían reverencias al suelo las palmeras. El viento empezó a levantar la arena, y se pegaba con fuerza a los cristales. Maravillosa es una tormenta al resguardo.

Nadie se movía, casi todos leían, o esperaban ser servidos como yo.

Fué cuando lo ví, vestido con un rompeviento y un saco sport. Un hombre mayor, apoyado como yo había estado antes sobre uno de los ventanales. Éramos vecinos mirando la tormenta. Lo volví a mirar, su cara me era conocida, de donde, y la memoría recorría rápida el trabajo, la vecindad..

De donde ?

Él me miró, sonrió y empezó a hablar. La alerta naranja, tantas veces anunciada se hacía realidad, por eso el amigo que dijo que le iba a reservar una mesa, no estaba.

Yo pensé, lo que desea es sentarse, y mirar el espectáculo desde la primera fila, igual que yo. Repartiendo el gozo, mi voz fué clara.

– Si desea compartimos la mesa.

Al momento se sentó y comenzamos hablando del momento, la Copa del Mundo, del gasto astronómico de Brasil. Era tan amena su charla, que pensé un hombre tan culto es… un profesional. Como si el conocimiento fuera privativo de un título y la mente me seguía,…será de una de las Asesorías, o de los tantos conocidos que ví  como consultores. Será que lo conocí cuando era más jóven, y ahora su rostro tiene la vecindad de lo vivido…

Seguimos hablando de las bellezas de Brasil, de la ciudad increíble por geografía, color y vegetación que es Río, La ciudad de los helechos por metro. Estábamos viajando juntos cuando se acercó la moza a preguntar que nos íbamos a servir.

Él dijo. – Yo invito, porque señora, yo creo conocerla, pero no ubico de donde.

Acepté, sin remilgos, porque éramos dos desconocidos, que se habían visto, vaya uno a saber en que sitio.

Mientras esperábamos el té, compañados además con palmitas alemanas, fuimos hasta Belo Horizonte y Bahía.

Caminamos, por sus hermosas playas, y el artesal Pelouriniho, visitamos sus doradas iglesias, bailamos candomblé…Subimos al Lacerda, brindamos con unas cachaças..

Me preguntó que era lo que más me había gustado de Salvador de Bahía y le respondí.

– El andar de sus mujeres. Caminan con música, cuando mueven sus rendas, sus polleras, tienen olas, y saben como nadie llevar un turbante en la cabeza, como se lleva una corona con garbo.

– Y a usted que fué lo que más le gustó de Bahía.

– Su descripción sobre las mujeres.

Ahí me dí cuenta, del caballero que tenía enfrente. La galantería al cederme hasta el comentario.

La jóven moza se acercó nuevamente, pero esta vez, se dirigió a él y le dijo bajito.

– Señor, perdone pero el gerente me manda a preguntar  a donde va a firmar, y cuantos. Si lo va a hacer en la gerencia como siempre

– En la gerencia y no más de quince. Dentro de unos momentos estoy con él.

Ahí me dí cuenta de donde lo conocía. Había visto su cara en el diario, y tal vez en una revista, o en la carátula de algún libro. Pero cual libro, todo eso no lo se lo podía decir a un caballero que me invitó a viajar tomando el té. Solamente le dije…

-Creo conocerlo, pero si no es así, he pasado un rato espléndido…gracias

– Señora, si me espera un rato, salimos juntos a la tormenta, me llamo Omar…

– Yo me llamo Elisa, y veo si puedo esperarlo, si amaina, me tengo que marchar…

Los dos mentimos con los nombres, tantas veces se oculta la verdadera identidad, cuando de lo personal ya queda tan poco.

Fué cuando del bolsillo sacó sus lentes, de aro finito y dorado. Qué maravilla me pareció el que no viera bien, tanto que al despedirme lo hubiera abrazado…

Él se perdió entre anaqueles y yo me levanté y abandoné el mirador, salí a esa niebla gris, que unía a los desnudos árboles. Ya no se veía la rambla, ya todo era tormenta sobre la ciudad.

Yo estaba más vestida que antes, las palabras por momentos te empujan a cubrirte con chales de colores.

Cuando llegué a casa me recibió la sonrisa de Griselda, ella es esa boca franca sin malicia, es una luz ned siempre prendida en la casa.

– Cómo le fué señora con ésta tormenta?

– Bien, la tormenta fué hermosa, pero cometí una equivocación.   Tendría que haberme quedado.

La sonrisa, me siguió acompañando, sin entender nada…Una de sus grandes cualidades, es pensar que lo que dice la señora tiene lógica, aunque no se entienda lo que dice…

 

Foto de Stella.

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