La yapa.

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Usos y costumbres

El niño apoyó su cara sudorosa, sobre el mostrador. El mármol lo recibió, con su frescor, y el ventilador Marelli con varias cintas de tela como espanta moscas, hicieron en ése momento del sitio un lugar delicioso que se anteponía  al calor de la calle en el mes de diciembre. Se estiró cuanto pudo sobre sus pies calzados con lona y suela de yute, y dejó monedas sobre el límite ancho del mostrador.

– Don José me da ésto de galletitas María y un trozo chico de dulce de membrillo?

– Primero, buenos días. Ahora te sirvo.

– Buenos días dijo el niño, casi sin voz, por haberse olvidado de saludar.

Cortó un trozo de dulce y preguntó . – 200 grs, está bien ?

La melena castaña se sacudió afirmativamente, sin saber bien que responder.

Desde un anaquel, donde había varias alineadas, la caja cuadrada roja y blanca de lata con mirilla de vidrio, la culta la que decía Anselmi, sintió dentro de sí, el revoloteo de las galletitas, que se ocultaban unas contra otras, porque ninguna quería llegar primera al límite del mordisco.

El papel de estraza se regocijaba porque iba a aprisionar a las esquivas que por redondas y crocantes,  se creían únicas. La balanza recibió al papel, con dos platos relucientes y las pesas de bronce.

La mirada del niño y del hombre iban hasta el fiel, la pinza retenía algunas y cuando quedó indicando el peso justo, se cerró el papel en los extremos, y dió dos vueltas de carnero, y la mano guardó la pinza y volvieron las más católicas a la lata, esperando el perdón, luego se colocó  la dorada carga sobre el mamol.

Antes de empujar los paquetes el hombre dijo.

– Ten cuidado no aprietes las galletitas que se rompen facilmente y son muchas.

– Es un regalo.

– Mayor razón para cuidarlas.

– Mi mamá me las regala porque pasé a segundo. El niño dijo segundo con énfasis, como si don José no supiera de la travesía que era pasar a segundo. Agregando y mi abuela me dió ésto, poniendo sobre el mostrador un conejo, blanco y negro.

El asombro del hombre, y el goce y picardía del niño!

El conejo se quedó quieto, asustado, inmóvil, y gustoso de salir de una camisa apretada y llegar a un fresco mármol.

– Vamos a sacarlo de aquí rápido, antes de que ensucie, y tomo al gordo conejo entre sus manos y se acercó hasta el cajón de las verduras, y tomó una roja zanahoria con su tallo verde, y le dió al niño las dos cargas. No le des al conejo muchas galletitas, se puede enfermar, dale la zanahoria que le va a gustar, y ésta es mi yapa, porque pasaste a segundo, a segundo con lo difícil que es primero!

Mientras lo decía le puso en el único lugar libre que le quedaba entre los paquetes y el conejo, un largo Cande con papel encerado.

Cande rosa profundo, rosa elástico, rosa dulce de infancia compartida.

Acompañando el  paso del niño en la salida, protegiendo la puerta de entrada,  las tapitas de metal unidas entresí por nudos blancos, formaban filas, y cubrían la ausencia de la cortina que se había ido de licencia. Daban un tintinéo único del mejor reciclaje de época, colorido y sonoro, que se ha visto.

•Yapa. Añadidura, regalo que hace el vendedor al comprado