Su cuerpo de pan.

Sobre el exprimidor de vidrio, giraba la naranja. Una vuelta, dos, tres, hasta que quedó su pulpa blanca. La mano fué agotando las dos naranjas.

La jarra se llenó con la dulzura y el hielo flotó libre en su borde.

Todos los días hacía ese ritual .  En franca comunión junto a las tazas, el café,  el blanco pan, la roja mermelada, la leche, los vasos de cristal.

Ella presidía la mesa  del ajeno.

Suyo era el espacio, todo suyo, y después de terminar el desayuno, mientras el agua barría el azucar del café, limpiaba las cucharas de la roja mermelada,  juntaba el pan, lo dejaba en el alfeirzar de  la ventana, donde los últimos  pájaros  hacían  su festín.

Sacudía  el mantel de las migas que quedaban, ése que se mancha, al que hay que lavar y dejar al sol, hasta entrada la mañana..

Quedó el frío y despojado mármol, su pie de hierro trabajado, y las dos solitarias sillas, donde a la mesa se sentaron, tantas  ilusiones fracasadas..

Si todo fuera así de simple, sacudiría su trizado  corazón, dulces serían sus pensamientos, roja su boca de mermelada, y  blanca como la leche, como el mantel, sería su alma…

Si todo fuera así de simple, ella estaría flotando en un mar de naranja, y el ajeno le estaría picoteando  su  blando cuerpo de pan, como en un ceremonial  todas las mañanas.