Pagar la prenda mayor…

En primavera nos adueñábamos del jardín, y eran nuestros los árboles, columnas, terrazas, y hasta las puertas y las persianas de sus ventanas, todo servía para escondernos. Eran nuestros todos los sueños.

En invierno, nos dejaban jugar en la sala y en el living que estaban unidos. Como precaución los mayores quitaban,  todo lo que se pudiera  hacer añicos, o desgarrar y así quedaban los pedestales solos, como vigilantes de pie, y casi la estancia sin adornos. Nosotros éramos los que le donábamos  la libertad al lugar.  Lo hacíamos revivir  con nuestras risas. Hasta la escalera que unía a la planta alta fué motivo teatral de nuestra imaginación. Hermoso lugar de una exquisita casa.

Jugar ahí era emocionante. Los muebles tallados de madera oscura, con las cabezas de leones, en que terminaban sus posa brazos, que sirvieron de apoyo para el salto,  los almohadones de pana marrón, que se asentaban en la esterilla, la chimenea de mármol negra, siempre encendida en agónico fuego, y esa gran puerta acristalada del ancho del living, con sus visillos que dejaban pasar una luz aplacada, que daba al comedor. La sala era dorada, dorada en espejos y en las  volutas de sus muebles, que contrastaban con los tapices, con los cuadros uno de mujer, que con ojos fijos nos miraba, no entendiendo lo que hacíamos.

Algunos  lugares tienen embrujo, éste lo tenía doblemente, entre los pliegues de las cortinas de seda salvaje de un gris acentuado, que separaban las estancias y el que le dábamos nosotros, a todo ello. Violábamos sin mucho sentido hasta el interior del piano, levantando la tapa de su cola, o poniendo nuestros dedos dentro de la boca de los leones, haciendo que nos mordían.

Éramos un grupo insoportable de de niños, vecinos, primos, amigos, que nos reuníamos en la casa grande a jugar, a pasar los domingos de modorra, sin nada más que lo que tramáramos en nuestra inconsciencia. Todo era nuestro en la tarde, éramos la sonrisa, la agilidad, la picardía, y sobre todo, éramos lo más vital de la casa, porque éramos la temida infancia.

Corríamos las cortinas de voile y después las sobre cortinas forradas de seda gris de uno de sus lados y del otro de una pesada tela de brocato, y dejábamos sin luz casi toda la estancia. Apágamos las arañas, del techo, y hasta llegamos a tapar un gran espejo de la sala cuando comprobamos que era el más chismoso de todos, pero para eso necesitábamos  una escalera que no nos dieron.  Llegamos a enredar en el calado del marco, muestros buzos, hasta una determinada altura. Así que frente al espejo para movernos de lugar lo hacíamos agachaditos, casi contra el piso. La aventura de de reptar, y ensuciarnos.

Y a jugar a la escondida.!!

Previamente, sorteábamos quien sería el que nos buscaría y después de contar…uno…dos…hasta  o cien o de tres en tres  si sabías, y al grito de   ¡ Ya está !  , tendría que descubrir a alguno de nosotros y decir bien alto su nombre. Si acertaba ganaba, y si perdía pagaba una prenda.

Un domingo cualquiera, por casualidad, fué uno de nuestros  primos con un primo segundo nuestro. Hacía mucho que no lo veíamos , y nos llamó la atención lo alto que era en comparación con todos nosotros. Lo invitamos a jugar y no quería. Demasiado grande, demasiado tímido, desproporcionado diría , por las piernas tan largas, y los pies tan grandes. Difícil de esconder ese gigante, de voz  gutural.  Una  corneta.! Lo llevamos a la fuerza y como un privilegio le dijimos ” que él nos buscaría ” Como era la primera vez, no tendría que esconderse y sería emocionante, como una aventura de Sherlock Holmes..buscando al asesino..dar con uno de nosotros y saber ” quién era ”   ” La máxima nuestra   no se aceptaban cuenteros.”

Aceptó a la fuerza.

Todos nos escondimos donde se nos antojó, no sé cuantos éramos, seis ocho.. no sé

Fuimos a dar según quisimos debajo de las mesas ratonas, en los pliegues de las cortinas, detrás de un sofá, entre los almohadones, adentro del piano, a donde la inventiva nos llevara. Todo nos hacía pensar en una casa de terror, el miedo, la oscuridad, las extrañas figuras que se formaban en nuestra mente .

Empezó a contar…y al grito de  Ya está !! entró el nuevo,  ” ví algo de su figura cuando abrió la puerta y su silueta se reflejó algo borroza en mis ojos..Todos estábamos prontos a reirnos de él..No iba a dar con ninguno de nosotros..” !!!

Me coloqué parada junto al ropero donde se guardaba la ropa de las visitas. El ropero era angosto del ancho tal ,vez un poco más de una percha. Pensé en encerrarme ahí pero entonces no podría salir para esconderme en otro lugar, porque las bisagras chirriaban, y me descubriría.

Al rato sentí lo pasos y algunas voces lejanas que decían ” vení a buscarme..encontrame si podés..” Todos desfiguraban las voces, para confundir al pesquisante.

Yo me creía invisible.

Sentí su presencia, estaba a mi lado , ser encontrado era profundamente aterrador,..su respiración golpeó en mi pelo, debería estar inclinado sobre mí, y su mano tocó mis trenzas.. ” Ya está ya sabe quien soy..”   pero él siguió, por la cara, y cuando llegó a la altura de la boca, me rozó con sus labios, no fué un beso…pero fue algo parecido a  ” callate y no digas nada ” y siguió con sus manos  hasta mis pechos incipientes y llegó a la falda y palpó mi vientre, y me tocó las temblorosas  piernas ” y en ese momento de estupor y de espanto, sentí un escalofrío que me llegó hasta la nuca, como cuando en invierno, alguien abre una ventana de golpe, y uno se encuentra completamente desprotegido..

” No hubo cuenteros ”

” Nadie tocó la piedra ”

El muy ladino, después de esta puntillosa  revisación médica gritó…  ” Encontré a Enrique ”

La luz se prendió… El nuevo y  tímido visitante,.. pagó la prenda..  la prenda mayor..

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